La barbarie apunta a Zidane

Los ataques desproporcionados a Zinedine Zidane, un tipo que encarna sensatez pura y dura, son el símbolo de nuestros tiempos: la vigencia del ser apenas subsiste las horas siguientes a un triunfo. Los mercenarios y mercachifles necesitan la caída de todos. Incluso la de un hombre moderado como el francés para mostrarse ante la masa como los guardianes de algo que ni ellos pueden ni quieren definir. Ese algo es la barbarie, la misma del circo romano y del pulgar del César. Es más productivo destruir que intentar encontrar razones.

Tras la derrota del Real Madrid ante el Manchester City, y hasta que llegue la próxima victoria, Zidane será el blanco fácil de los parásitos del fútbol. Le acusarán de incapaz, de no saber conducir y hasta de no escuchar a los expertos, aquellos que nunca se equivocan.

A diferencia de la crítica alrededor del juego del FC Barcelona, al marsellés solamente se le juzga por si su equipo ganó o perdió. Las formas nunca importaron al entorno, ya se sabe, por aquello de que “en el Madrid sólo vale ganar”. Este atentado en contra del conocimiento es posible gracias al apoyo e impulso de potentes altavoces y sus bufones funcionales. Los de ayer y los de hoy.

La masa, adueñada de los espacios que antes estaban reservados para el análisis, huele sangre, desea ver rodar cabezas y requiere culpables. Todo esto como consecuencia de una derrota. Luego, si el Madrid lograse superar al mismo rival que les venció hace apenas unas horas, Zidane volverá a ser “uno más de los nuestros”, o, peor aún, afirmará, sin temor al ridículo, que Zidane “escuchó el clamor de los expertos y de la grada”. Nunca antes tuvo la masa tanta fuerza y tanta incidencia en la inmundicia.

El fútbol nos retrata. No a Zidane ni a Pep sino a todos nosotros, los hombres-masa destructores y odiadores seriales. El Übermensch de Nietzsche, aquel hombre que alcanza su libertad creativa y espiritual y que, por ende, supera su condición inicial de hombre-masa, nunca estuvo tan lejos de ser posible.

El fútbol desnuda nuestras miserias. El fútbol no es una razón para ser optimistas. Es una herramienta para observarnos a nosotros mismos y hasta vomitar por toda la mierda que alimentamos gracias a nuestras inseguridades y nuestro desprecio.

Que los ingenuos enciendan la tele y aplaudan a los vengadores de la oscuridad. El espectáculo destructor les ha narcotizado hasta el punto de que no ven fútbol sino que se ven y se celebran a ellos mismos. Pobres ilusos, pobre juego… pobres de nosotros.