Entrenadores en un juego de jugadores

Allá por el año 2011, el Banco Sabadell grabó, en su ciclo “Conversaciones sobre el futuro”, una muy rica charla entre el cineasta Fernando Trueba y Pep Guardiola. La hondura de lo conversado por casi veinte minutos derivó en que un spot publicitario se transformase en una charla casi de culto.

Para muchos, la charla ponía la lupa en el campo del liderazgo, y seguramente no se equivoquen quienes sostienen esa teoría. Aun así, siento que el entrenador catalán dejó un concepto que bien vale la pena tener presente en cada momento que se hable del juego. Guardiola, a pesar de tocar diversos temas, no dejó de poner el foco en el fútbol:

“Lo más maravilloso de mi profesión es imaginar el partido que va a suceder mañana. Con los jugadores que tengo, con esas herramientas que tengo, con el contrario que sé lo que hace. Soñar qué va a pasar… Uno piensa, ‘estos tipos hacen estas cosas. Si hacemos esto les vamos a joder’. Al final es un juego. Le hemos pervertido, lo hemos convertido en parte de un negocio que todos vivimos de él, y muchísima gente vive de él, pero al final olvidamos que, y esto es lo que da sentido a mi profesión, es un juego, en el que yo quiero hacerlo mejor que tú y tú quieres hacerlo mejor que yo. Con tus armas y yo con mis armas… Soñar eso, planear el día antes como hacerlo, y transmitirlo a tu gente para cómo hacerlo, es el motor, ahora mismo, de mi profesión. Pero es un juego, nada complicado. Es conocerle a él para hacerlo mejor. No es ni para batirle… Lo más bonito es si aquello que he pensado y que he transmitido a mi gente, durante el partido, en el minuto diez, está pasando o no está sucediendo. Es el momento de más plenitud. Y cuando no está sucediendo es porque te habías equivocado, o sabes las razones por las cuales no va; te habías imaginado una cosa, y como no va, algo está pasando por lo que no funciona”.

El fútbol es un juego protagonizado por seres humanos. Como tales, estos están condicionados por todo aquello que conforma su ecosistema, su contexto. Sus decisiones y la ejecución de las mismas no responden exclusivamente a su voluntad; el azar, el rival, el campo, en fin, la vida misma, tienen tanta fuerza como la intencionalidad.

Si se acepta como cierto este punto de vista, entonces ¿cómo se justifica que el entrenador sea señalado casi siempre como el responsable de los malos resultados?

Si me lo permite, y en sintonía con la duda anterior, vale la pena cuestionarse si realmente existe la responsabilidad, entendida ésta como sinónimo de culpabilidad. Este es un debate que debería darse, esencialmente porque el fútbol es una actividad de oposición directa, es decir, que el enfrentamiento es la norma de este deporte.

En días pasados, Juan Manuel Lillo, entrenador de Atlético Nacional de Medellín, explicaba que todo lo que expresaban sus jugadores en el campo de juego era mérito de ellos, nacía de ellos y de nadie más. Insistía en que él, como conductor, figura que no entra al terreno, no tenía mayor influencia en la toma de decisiones, ya que los futbolistas, y solamente ellos, son los protagonistas de este juego.

La contundencia de tal declaración puede hacer creer, al ejército de distraídos, que Lillo, en un supuesto afán por salvarse, intentaba desligarse de responsabilidades tales como el entrenamiento y la planificación de cada partido. Pero lo que el Tolosarra, de la misma forma que su amigo catalán, intenta dejar claro es que siendo este un juego colectivo, de relaciones con los propios y con extraños, es imposible controlar lo que va a suceder.

Volvamos a Guardiola. En el diálogo con Trueba, el hoy entrenador del Manchester City dice que “lo más maravilloso de mi profesión es imaginar el partido que va a suceder mañana“. Imaginar, soñar, transmitir. No son palabras que nazcan de la casualidad.

Un entrenador, bien sea Guardiola, Lillo o cualquiera, solamente puede convencer a sus futbolistas de que el plan nace de sus propias posibilidades, de sus expresiones, es decir, que el plan son ellos. Son los jugadores, y no el entrenador, los únicos capacitados de poner en práctica cualquier estrategia..

El debate sobre la influencia de los entrenadores no es novedoso. Puede que en estos tiempos de redes sociales parezca el ultimo grito de la moda, pero no es así. Permítame recordar al inolvidable Carlos Desiderio Peucelle, alias “Barullo” -no se si exista mejor apodo para un futbolista- cuando decía que: “Yo estuve dentro de la cancha 17 años y nunca vi que lo que se produce como juego dentro de un partido viniera de un maestro de afuera. Siempre salió de los jugadores”.

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El fútbol nace de las entrañas de sus intérpretes. Pero los entrenadores tienen la misión de conducir, un oficio casi idéntico al de un general en la batalla: encontrar los caminos para llevar a los suyos hacia la tan anhelada victoria. Por ello debo pedirle al lector que vuelva sobre las palabras de Guardiola.

Cuando el catalán expresa con tanta pasión lo que para él es el motor de su oficio lo hace sabiendo que no siempre sucede. Una cosa es planificar y otra muy distinta es que lo pensado se haga realidad.

Entrenadores y futbolistas juntos en un intento, en una posibilidad de transformarse en un organismo, en un todo indivisible. Parece sencillo, se vende como necesario, pero probablemente sea lo más complicado que existe en esta actividad. Transmitir a otros, contagiar.

Que no se olvide que este es un juego en el que, además del rival, también está la vida misma para joderte.

Fotografía cortesía http://www.skysports.com

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