¿Hacia dónde apunta Dudamel?

En la rueda de prensa posterior al empate con Perú, Rafael Dudamel reinstaló un debate inexistente, en el que sólo los mal llamados expertos se benefician: jugar bien o jugar bonito. Esa, pésele a quien le pese, no es la cuestión, que debe ocuparnos, si es que, claro está, nos interesa el juego como tal.

La frase que más me llamó la atención de la aparición del entrenador fue la siguiente:

No se dejen (los medios) contaminar con los que hoy, estando afuera, exigen un fútbol vistoso o ganar por goleada. No, no, no. Tenemos una realidad desde la tabla de posiciones, desde la infraestructura como fútbol, como fútbol venezolano. ¿Que hacemos nosotros? Trabajar para mejorar. Trabajar para cambiarle la historia a nuestro fútbol. Y desde ahí es sumar talentos que hoy tengan la experiencia, la condición y la capacidad para formar parte de una selección, para jugar en este tipo de competencias“.

 

El objetivo de un seleccionador es simple pero complejo: lograr que su equipo sea competitivo. No existe la dicotomía de jugar bien o jugar bonito, porque lo estético es una cuestión subjetiva, es decir, pertenece a cada quien, nace en el espíritu de cada individuo. Jugar bien, como muchas veces se ha expuesto, no tiene que ver con porcentajes de posesión de la pelota o la zona en la que se inicie la construcción del juego; jugar bien al fútbol es utilizar correctamente los recursos disponibles y potenciarlos, disimular las carencias propias y saber adaptarse a cada una de las situaciones del juego.

No debe nunca olvidarse que este es un deporte de oposición directa. Esa frase por simple que parezca, es la puerta de entrada a la complejidad del fútbol, entendiendo que complejidad no se asocia con dificultad; esa definición hace referencia a las innumerables relaciones y consecuencias de las mismas dentro de un sistema. El fútbol es una actividad compleja porque todo lo que se entrene y planifique se verá directamente influenciado por el contrincante, por sus planes y por sus reacciones. Ninguna hoja de ruta se cumple a la perfección porque es imposible prever las respuestas del otro conjunto.

Permítame hacer un aparte. Un equipo de fútbol es un sistema, y el francés Edgar Morín nos recuerda que “un sistema está representado por una serie de elementos que interactúan entre sí”. A pesar de todo lo ensayado, cuando rueda el balón, son muchas las interacciones que se dan “porque sí”, opuesto a lo planificado con anterioridad. Por ello, hay que tener en cuenta la capacidad de adaptación que tanto machaco desde esta tribuna.

Teniendo en cuenta todo esto, se puede concluir que los grandes equipos son aquellos que saben adaptarse a cada una de las situaciones del partido. Por ejemplo: si el rival, contrario a lo que se esperaba, cambia el foco de su ataque e inclina el mismo hacia su banda izquierda, nuestro equipo (no sólo los defensores) deben responder a esa modificación. El ajuste de uno de los volantes, que acudirá en auxilio al lateral de esa banda, traerá como consecuencia que los otros futbolistas se reacomoden para repeler y construir a partir de ese aparentemente insignificante movimiento. Eso que puede parecer un aspecto menor es el deber ser de un equipo. Jugar y adaptarse.

Construir esto que menciono no es sencillo, y tampoco existe un manual de instrucciones. De hecho, una de las enseñanzas que deja el pensamiento complejo es que no hay recetas. Las selecciones, como recordó Dudamel en esa misma rueda de prensa, no tienen tiempo para entrenar, pero su labor, la de los seleccionadores, es desarrollar entrenamientos que ayuden a disimular la ausencia de minutos y promuevan la evolución necesaria en ese cuerpo llamado equipo.

En la pasada Eurocopa de Naciones se obervaron selecciones que jugaron muy bien al fútbol. Si bien es cierto la campeona Portugal fue una de ellas, no puede obviarse que Francia, Alemania, Italia, Gales e Islandia también dejaron su huella, mostrando una identidad fuerte, al mismo tiempo que una adaptabilidad a distintos escenarios. Se puede lograr que las selecciones construyan modelos propios, pero para ello se necesitan muchos más aliados que el propio tiempo, como la creencia en lo que se ensaya o una fluida comunicación entre staff técnico y futbolistas, sólo por nombrar algunas. Fernando Santos, entrenador del equipo lusitano, recordó recientemente que “nadie puede vencer si no juega bien“.

La doctora española Rosa Coba explica, en el número 28 de la revista digital The Tactical Room, que “el deportista, como debe ser un buen resiliente, está entrenado para levantarse y seguir”. Resiliencia, como ya expliqué en esta misma trinchera, es la capacidad que tienen los seres humanos para superar circunstancias traumáticas. Llevado al fútbol, a la Vinotinto le falta todavía fortalecer esa capacidad. Prueba de ello es que, ante Perú, con casi 45 minutos por jugar, no se supo reaccionar al primer gol inca. La ventaja en el marcador seguía siendo para los criollos, pero el momento emocional había pasado a manos de los dirigidos por Ricardo Gareca. ¿Cómo desarrollar “anticuerpos” a esos escenarios? Compitiendo. No existe otro escenario que forme como la competencia.

Situaciones como esa son las que deben ocupar al staff de Dudamel. Quizá sea eso a lo que se refiere el entrenador cuando señala a la experiencia como valor clave en el crecimiento de este equipo. La mirada del entrenador debe estar puesta en cómo hacer que sus jugadores se crean capaces de luchar, y ello, aunque nos fastidie, significa que, en escenarios adversos, no hay que dejarse morir; enfrentarlos y adaptarse forma parte de eso que vagamente definimos como competir. Si lo consigue, Dudamel habrá triunfado, independientemente de los gustos y los resultados.

Columna publicada en El Estímulo, el 27/03/2017

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